a dónde escaparé de tu presencia? (Sal 139,7)
¿Por qué no me dejas en paz?

Todo el día me persigues.
Tú bien sabes que merezco
ser dejado a mis caprichos.
Ni bien me he corregido
me retiro a mi escondite
para darme rienda suelta
y acabarme desbocado.
No podré de ti esconderme,
me sorprendes en el acto.
Te veo en todas partes
y tu mano me persigue.
He partido de la Casa
donde todo lo tenía,
y tus ojos envejecen
añorando mi regreso.
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